Cuando llevas algunos años practicando Karate como una rutina personal al final uno lo incorpora a su vida como un hábito del que no podría prescindi fácilmente. Es tan natural como lavarse la cara cada mañana. Lo curioso es que a pesar de los años, la ilusión por cada día de entreno se mantiene intacta. Con compañeros que han tenido que guardar reposo en períodos de lesiones hemos comentado la ansiedad por no poder asistir al Dojo. Pero esta sensación se produce una vez que hemos incorporado el Karate a nuestra vida como parte de nosotros mismos y aplicamos ya muchos aspectos del Karate a nuestra vida. Como decía el maestro Funakoshi, el Karate do es como un gran caldero de agua… cuesta mucho que rompa a hervir, pero una vez que hierve, con un poco de calor se mantiene en ebullición y si necesitamos más temperatura con poca leña mas enseguida calentará el agua, pero como el agua si descuidamos el fuego, también se enfriará y nos costará ponerlo de nuevo a punto.
A aquellos que estáis echándo los primeros troncos al fuego, paciencia y constancia, todo llega.

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